domingo, junio 18, 2017
Behind Amazon’s success is an extreme tolerance for failure. (NYT)
martes, junio 06, 2017
Por qué necesitamos a Friedman (Axel Kaiser)
Pocas mentes en la historia de la economía han sido más brillantes e influyentes que la de Milton Friedman. Por lo mismo, pocas han sido más caricaturizadas y detestadas por la izquierda. En momentos en que Chile entra en la pendiente sin fondo del populismo, rescatar a Friedman no es un gusto académico, sino una necesidad. Después de todo, fueron las ideas que él defendió de manera tan apasionada las que evitaron que nuestro país siguiera el ruinoso camino propuesto por izquierdas y derechas en el pasado.
Lo primero que la historia intelectual de Friedman nos enseña es que no se debe hacer concesiones a los socialistas por el afán de caer bien o ser políticamente correctos. En un país en que quienes no son socialistas se acomplejan de defender lo que creen, el ejemplo de Friedman, que jamás transó con el fin de ser más popular, resulta esencial no solo para entender por qué estamos cerca de arruinarlo todo, sino para saber cómo actuar hacia el futuro. Friedman iba de frente, sin temor, sin complejos y sin importarle lo que la mayoría pensara de lo que decía. Fue precisamente esa actitud honesta y ganadora la que lo convirtió en el intelectual público liberal más influyente de la segunda mitad del siglo pasado.
Como Hayek, era un convencido de que las ideas mueven a la sociedad. Por eso, a pesar de haber ganado el Premio Nobel y de haber sido un académico extraordinario, no dudó en asistir a cuanto debate pudo, en escribir libros de difusión para el lector no especialista e incluso, en hacer programas de televisión. Tampoco dudó en culpar a los empresarios del tránsito que los países hacen hacia el socialismo, cuando correspondía.
En un notable artículo titulado "El impulso suicida de la comunidad empresarial", Friedman argumentó que lejos de apoyar económicamente a aquellos que defienden la sociedad libre, la mayoría de los empresarios buscaban congraciarse con intelectuales, ONG y grupos que trabajaban en socavar los fundamentos institucionales que sostenían el mercado, precisamente el sistema que les permitía a ellos alcanzar la posición que tenían en países avanzados. ¿Le suena conocido?
A Friedman lo necesitamos, además, porque sus argumentos siempre eran impecables desde el punto de vista lógico y empírico. En tiempos en que la evidencia ha pasado a ser el borrego de sacrificio de la histeria igualitaria, la racionalidad y contundencia de Friedman nos ayudaría a terminar con la famosa posverdad que tanto explotan los demagogos, para evitar las discusiones técnicas en las que se ven perdidos. Esa misma racionalidad nos serviría también para deshacernos del utopismo emotivo que define a la discusión pública actual sirviendo de caldo de cultivo para el populismo. Nos recordaría que los recursos son limitados y que no basta con querer que las pensiones, por ejemplo, sean altas para que estas lo sean. En otras palabras, domesticaría nuestros febriles deseos de abundancia para todos, que es precisamente lo que promete el populista, sin explicar cómo lo logrará y sin evaluar las consecuencias no intencionadas de sus desastrosas medidas. Friedman nos mantendría así en los fríos, pero razonables límites de lo posible.
En esa misma línea, el profesor de Chicago nos ayudaría a entender nuevamente que el Estado, aunque necesario, en general, es causa de muchos problemas y que no existen ángeles que velan por el bien común en el gobierno. Reconoceríamos que los políticos, burócratas y receptores de beneficios estatales forman un "triángulo de hierro" que vive a expensas del resto y que persigue su interés como cualquier otra persona, creando programas, presupuestos y posiciones bajo el pretexto de servir al bien común, cuando el objetivo real suele ser el opuesto. Pero más importante aún: Friedman nos ayudaría a entender que la libertad debe defenderse, porque es el mejor camino para lograr el progreso de la sociedad y porque es un valor en sí mismo. En un país obsesionado con la igualdad y empeñado en librar de responsabilidad por su propio destino a los ciudadanos, Friedman sería un golpe imprescindible de madurez y sensatez.
Por último, Friedman nos sirve de ejemplo, en un campo que los socialistas suelen atribuirse: el de la solidaridad. Mientras los socialistas e igualitaristas predican la solidaridad con el dinero ajeno y gozan sin pensarlo dos veces de los manjares más exclusivos del capitalismo, Friedman dejó su fortuna a causas filantrópicas cuando murió. Y es que, como Adam Smith, Friedman pensaba que el ser humano tenía una inclinación a preocuparse de sus semejantes, especialmente los más desfavorecidos, y que nadie mejor que la sociedad civil y la acción voluntaria de las personas podía canalizar ese impulso. Lo predicó y lo practicó. En suma, leer a Friedman resulta necesario para retomar las ideas y conductas que han sido esenciales para la prosperidad en todos los tiempos y los lugares en que esta se ha dado, y que en Chile parecemos querer liquidar en manos de demagogos y fabricantes de miseria.
EN UN PAÍS OBSESIONADO CON LA IGUALDAD Y EMPEÑADO EN LIBRAR DE RESPONSABILIDAD POR SU PROPIO DESTINO A LOS CIUDADANOS, FRIEDMAN SERÍA UN GOLPE IMPRESCINDIBLE DE MADUREZ Y SENSATEZ.
jueves, mayo 11, 2017
Cooking up an economic policy

Is there such a thing, we asked the president at the outset, as “Trumponomics?” He nodded. “It really has to do with self-respect as a nation. It has to do with trade deals that have to be fair.”
That is an unusual priority for a Republican president, but not for Mr Trump. The president has argued opposing sides of most issues over the years. But in his belief that America’s trade arrangements favour the rest of the world he has shown rare constancy. That makes Mr Trump’s apparent lack of interest in the details of the trade arrangements he fulminates against all the more astonishing. At one point he ascribed the faults he finds with the North American Free-Trade Agreement (NAFTA) to American officials being in a perpetual minority on its five-member arbitration panel: “The judges are three Canadian and two American. We always lose!” But an American majority on any given panel is as likely as a Canadian one.
His feelings about the failure of America’s trade regime (see article) show how opportunism and gut feeling tend to guide Mr Trump’s thinking. For almost half a century, he has sold himself a master negotiator. Rubbishing the government’s dealmaking record (which he, disdainful of geopolitics, reduces to the zero-sum terms of a property transaction) is part of that shtick. He is not merely cynical, however. An outsider who clung to memories of his father’s building sites in New York’s outer boroughs long after he made it in Manhattan, Mr Trump appears not merely to understand, but to share, the unfocused resentment of globalisation, and its hoity-toity champions, harboured by many working-class Americans.
The result is an emotional and self-regarding critique of America’s imperfect but precious trade architecture that appears largely waterproofed against economic reality. Having been recently persuaded not to withdraw America from NAFTA—a bombshell he had planned to drop on the 100th day of his presidency, April 29th—Mr Trump now promises a dramatic renegotiation of its terms: “Big isn’t a good enough word. Massive!”
Among Mr Trump’s economic advisers, perhaps only Peter Navarro, an economist with oddball views, and Stephen Bannon, the chief strategist, are outright protectionists. Most are nothing of the sort. Mr Mnuchin, the treasury secretary, and Mr Cohn, the chief economic adviser, are former investment bankers and members of a White House faction led by Mr Kushner, the president’s son-in-law, known as the globalists. So it is a sign of the issue’s importance to Mr Trump that all his advisers nonetheless speak of trade in Trumpian terms. “I used to be all for free trade and globalisation,” says an ostensible globalist. “I’ve undergone a metamorphosis.” Kafka, eat your heart out.
Notwithstanding the president’s concern for national pride, the main aim of Trumponomics is to boost economic growth. On the trail, Mr Trump sometimes promised an annual growth rate of 5%; his administration has embraced a more modest, though perhaps almost as unachievable, target of 3%. This makes Mr Trump’s ambition to mess with America’s trade arrangements all the more obviously self-defeating. A restrictive revision of NAFTA, an agreement that has boosted trade between America and Mexico tenfold, would dampen growth.
The tax code, similarly, is so tangled that America has more tax preparers—over 1m, according to a project at George Washington University—than it has police and firefighters combined. The president promises to restore sanity by reducing income-tax rates and cutting corporate-tax rates to 15% while scrapping some of the myriad deductions to help pay for it. “We want to keep it as simple as possible,” he says.
A fourth element, infrastructure investment, is more associated with the Democrats, and equally desirable. Mr Trump and his advisers have promised anywhere between $550m and a trillion dollars to make America’s “roads, bridges, airports, transit systems and ports…the envy of the world”. A fifth ambition, to enforce or reform immigration rules, is rarely spoken of by him or his team as an economic policy. But if Mr Trump’s promises in this area are credible, it should be. He has launched a crackdown on illegal border crossings and also made it easier to deport undocumented workers without criminal records—a category that describes around half of America’s farm workers. Again, Mr Trump’s economic nationalism and his promises of redoubled growth are at odds.
Trumponomics, despite some tasty ingredients, is guilty of worse than incoherence. It also suggests a dismal lack of attention to the real causes of the economic disruption imposing itself on Mr Trump’s unhappy supporters. Automation has cost many more manufacturing jobs than competition with China. The winds of change blowing through retailing will remove far more relatively low-skilled jobs than threats aimed at Mexico could ever bring back (see article).
Mr Trump never mentions the retraining that millions of mid-career Americans will soon need. He appears to have given no thought to which new industries might replace those lost jobs. Nowhere in his programme is there consideration of the changes to welfare that a more fitfully employed workforce may require. Eyeing the past, not the future, he fetishises manufacturing jobs, which employ only 8.5% of American workers, and coal mining, though the solar industry employs two-and-a-half times as many people. Growth is good; but Trumponomics is otherwise a threadbare, retrograde and unbalanced response to America’s economic needs.

Another reason for caution is that Mr Trump is losing control over those parts of his economic agenda, including tax reform and infrastructure spending, where he is largely reliant on Congress. Given how little of anything gets done on the Hill these days, this looks like another check on the president—one for which his own behaviour is additionally to blame. To pass ambitious tax or infrastructure bills would require support from the Democrats. Yet the president rarely misses an opportunity to insult the opposition party, including his predecessor, Barack Obama, whose health-care reform and regulatory legacy he is trying to dismantle. It is thus hard to imagine the Democrats voting for anything in Mr Trump’s agenda—and there are limits, the president concedes, to his willingness to persuade them to. Would he, for example, release his tax returns, as the Democrats have demanded, if they made that the price of their support for tax reform? He would not: “I think that would be unfair to the deal. It would be disrespectful of the importance of this deal.”
The result looks likely to be no serious infrastructure plan and tax cuts which will be temporary and unfunded—the sort that Republicans, when in power, tend to settle for, and to which Mr Trump already appears resigned. Where once he claimed to see bubbles in the economy, he now says that a dose of stimulus is what it needs. If Mr Trump’s past brittleness under pressure is a guide, such setbacks, far from cowing him, could spur him to bolder action in fields where he sees less constraint.
The extent of his rule-cutting already looks unprecedented. If Mr Bannon has his way, it will put paid not merely to outworn regulations, but to whole arms of the federal bureaucracy, perhaps including the EPA. Whether he succeeds in that will probably be determined by the courts. How far the administration acts on Mr Trump’s trade agenda is harder to predict, though likelier to define it.
Perhaps Mr Trump will continue to restrain himself in this regard. As the pressures of office mount, so the reasons to avoid a damaging trade war will multiply. China might offer more help against North Korea; or Mexico some sort of face-saving distraction from the border-wall Mr Trump has promised but is struggling to build. Don’t bet on it, though. Mr Trump is a showman as well as a pragmatist. His hostility to trade is unfeigned. And his administration, as the sacking of Mr Comey might suggest, could yet find itself in such a hole that a trade war looks like a welcome distraction.
sábado, abril 29, 2017
Guillier y las voraces transnacionales. Gerardo Varela Alfonso.
Con un discurso que evoca la campaña a alcalde de Jurassic Park, el candidato Alejandro Guillier, al aceptar la nominación del Partido Socialista, decidió emprenderlas contra los inversionistas extranjeros, criticando "las fuerzas voraces de las transnacionales que explotan a nuestra gente". Muchos políticos buscan ese villano que les permita unir las energías nacionales en una lucha contra enemigos tan monstruosos como irreales. De esta manera, primero, crean un enemigo y, después, se ofrecen como salvadores. Lo hizo Hitler con los judíos, Stalin con los contrarrevolucionarios y Fidel con los imperialistas. Recuerdo que Allende culpaba de nuestros males a la ITT, que era una empresa que hoy está tan obsoleta como el discurso de Guillier, porque vendía telefonía fija.
Parece que el senador no se ha enterado que en un mundo integrado al comercio internacional, está lleno de transnacionales chilenas invirtiendo afuera y extranjeras invirtiendo en Chile. Tampoco parece saber que entre las 50 mejores empresas para trabajar en Chile (www.greatplacetowork.cl), más de la mitad son transnacionales. Guillier nos confunde describiendo empresas bipolares, que tratan fantástico a sus empleados, mientras vorazmente engullen a clientes, proveedores y al país que los acoge.
El senador ignora que las empresas transnacionales más exitosas son todas empresas de la nueva economía que no se comen a nadie, como Google, Amazon, Microsoft y Facebook. Estas son empresas que facilitan nuestra forma de comunicarnos, mejoran nuestra calidad de vida y tratan muy bien a empleados y clientes. Lo mismo las transnacionales chilenas, como Falabella, Parque Arauco o Cencosud, son todas empresas de servicios, cuyo éxito está asociado a que satisfacen nuestras necesidades y no a que nos devoran. El candidato parece seguir pensando que las mineras que explotan nuestro cobre, de alguna manera, lo hacen con más apetito que empresas nacionales como Codelco. Efectivamente, la rentabilidad es mayor en las mineras privadas que en Codelco, pero esto se debe más bien a la voracidad de los sindicatos de Codelco que engullen la plata de los chilenos, que al apetito de las transnacionales.
Ahora bien, efectivamente, hay transnacionales que despiertan nuestra voracidad, como McDonald's, Pizza Hut y Subway. Hay transnacionales que nos calman la sed, como Coca Cola, Heineken y Johnny Walker; otras que hacen nuestro campo más productivo, como Syngenta o Monsanto, o las que nos curan las enfermedades, como Bayer, Johnson&Johnson y Pfizer. Esta última, que inventó la pastilla azul, es responsable de la creciente voracidad sexual de nuestros abuelos, que hace que muchos se parezcan a los pitufos o a los habitantes de Avatar. Hay transnacionales que visten a nuestras mujeres, como Zara, Victoria Secret y H&M, o a nuestros deportistas, como Nike, Under Armour o Adidas, que paradojalmente vestía al mismo Fidel, que lucía orgulloso su buzo de esa marca, cada vez que lo entrevistaban.
Algo tienen las transnacionales que en el imaginario de la izquierda troglodita son culpables de todos nuestros males. Como que el candidato Guillier de tanto estar en televisión empezó a confundir ficción con realidad. Los malos de las películas de James Bond, se encarnaron en perversos de la vida real, que además se han hecho el propósito de hacernos la vida miserable. Transnacionales como 3M que nos regaló el Post-it, Apple con el iPad y Direct TV con el pay per view, en realidad, tras una careta de amabilidad tienen una escondida agenda de humillar y explotar a sus trabajadores y clientes.
Lo paradojal es que mientras nuestros vecinos, Perú y Argentina, tratan de atraer inversión transnacional, el candidato Guillier busca espantarla. Por eso no es raro que nuestra inversión vaya en caída libre y el crecimiento sea el peor de los últimos 30 años.
Yo recomiendo a todos aquellos que compartan la idea del senador, que si no pueden contra ellas se unan a ellas. Para eso, basta que se aprovechen de una de las ventajas del capitalismo y compren acciones, porque todas las transnacionales están listadas en bolsa y tienen acciones disponibles para los que compartan su voracidad.
sábado, febrero 11, 2017
La Araucanía y sus falsedades. Sergio Villalobos.
La Araucanía y sus falsedades
Se ha anunciado para los próximos días la entrega de un informe relativo a los problemas que aquejan a las tierras de Arauco y la formulación de medidas políticas. Estas suelen basarse en conceptos vulgares repetidos hasta el cansancio, como es la idea de una "deuda histórica" y la necesidad de que todos reparemos ese perjuicio. Habría, además, una cultura ancestral que debe valorizarse.
Para empezar, hay que tener en cuenta que los araucanos, mal llamados "mapuches", son mestizos con una fuerte carga blanca, igual que todos los chilenos de norte a sur. Somos descendientes de los conquistadores, los atacameños, los diaguitas, los picunches, los pehuenches, los huilliches y otras agrupaciones. Todos ellos han sido parte de una nación física y culturalmente unitaria, que ha construido una república exitosa.
¿Qué razón habría para trazar una política privilegiada para la gente de Camiña, Paihuano, Tiltil, Perquilauquén y aun los suburbios de Santiago? Todos ellos merecen un trato igual.
¿Quién está en deuda con quién?
Ya en la época colonial, en el siglo XVIII, el mestizaje era un hecho consumado y en todas partes se hablaba el castellano, salvo unos pocos bolsones aislados.
Desde los años mismos de la Conquista, los araucanos comenzaron a recibir los beneficios materiales y espirituales de una civilización superior. El hierro, los géneros bien elaborados y nuevas ropas, toda clase de herramientas y el arado, primero de madera y luego con guarnición metálica; el caballo, los vacunos, las ovejas, los cerdos y las cabras, constituyeron capital valioso, y la alimentación se transformó con el trigo, la cebada, las legumbres y toda suerte de árboles frutales. La economía dejó de ser de subsistencia y tuvo relaciones de mercado con el resto de Chile y lugares más distantes.
Entraron la moneda y dos productos de gran demanda interna: el vino y el aguardiente, que impulsaron la embriaguez casi permanente e influyeron en el entusiasmo bélico y en la depravación social interna.
Considerando todos esos bienes, cabe discutir quién está en deuda con quién.
Desde el punto de vista espiritual, el aporte invasor no fue menos importante. El cristianismo introdujo la creencia en un solo dios, justiciero y misericordioso, que imponía la bondad y el buen trato, organizaba la familia, amparaba la justicia y el respeto al Estado.
En esa forma se desplazaron mitos y creencias, la hechicería, venganzas y sacrificios humanos, la acción maligna de los machis y muestras de canibalismo.
No estará demás recordar que en 1960 se sacrificó a un niño para aplacar la ira de un dios que señoreaba los maremotos.
Actualmente hay sacerdotes, incluso en las instancias gubernativas, que apoyan la mantención de la cultura ancestral. Cabe preguntarse si aceptan aquellas antiguas manifestaciones y el retiro del cristianismo, en cuyo caso estaría justificado el incendio de iglesias y quizás cuántas otras fechorías.
Hoy día los mestizos de araucanos se declaran mayoritariamente cristianos y quizás no sería conveniente quitarles esa creencia.
Guerreros: Uno de los mitos más tenaces
Otro aspecto que ha llevado admiración hacia los antiguos araucanos es su valor como guerreros, que constituye uno de los mitos más tenaces y falsos de nuestra historia. Ercilla inició la leyenda y en época más reciente la continuó el general Indalicio Téllez con su ensayo "Una raza militar", apresurado en los datos e inconsistente desde el punto de vista de la teoría.
Ercilla se propuso exaltar "el valor, los hechos, las proezas de aquellos españoles esforzados", reconociendo a la vez la categoría bélica de los araucanos, porque de esa manera realzaba aún más el mérito de los conquistadores. Pero también hubo cronistas españoles que desvirtuaron la calidad guerrera de los nativos. A comienzos del siglo XVII, Alonso González de Nájera desmiente asertos de Ercilla al referirse a la prestancia física de los indígenas de Chile, y en su análisis de la táctica demuestra que sus victorias se debieron a las características accidentadas del terreno, las selvas, los ríos, los pantanos y el clima lluvioso.
Es cierto que en varias ocasiones los araucanos tuvieron grandes victorias, pero también las tuvieron los castellanos. Debe tenerse en cuenta que, a la llegada de Valdivia, la población de la Araucanía era de unas 500 mil personas, mientras en todo el siglo XVI no llegaron a Chile más de unos 5.000 hombres. Generalmente los choques armados eran entre decenas de miles de indios y unas pocas decenas de conquistadores. Y, aún así, estos últimos eran vencedores no pocas veces.
En las grandes rebeliones indígenas, las ciudades y los fuertes, que solo contaban con unos cuantos cientos de soldados, resistieron largamente la embestida de las hordas, y si finalmente cayeron se debió a la falta de recursos.
La llamada Guerra de Arauco estuvo lejos de ser el fenómeno permanente que se cree. Durante un siglo tuvo un carácter tenaz, pero luego decreció y transcurrieron periodos de veinte, treinta o más años en que reinó la paz.
De la lucha a la convivencia fronteriza
La lucha fue reemplazada por la convivencia fronteriza, por lo menos desde 1655, produciéndose relaciones de todo tipo que ayudaron a la incorporación definitiva de los araucanos, ya transformados en mestizos. Durante la República recrudeció momentáneamente la lucha, pero finalmente se produjo la incorporación, que concluyó con la refundación de Villarrica, en 1882.
Los descendientes de araucanos fueron un objeto de preocupación del Estado dentro de la política de integración de su territorio. Vastos espacios de sus tierras fueron reconocidos como reducciones, donde su propiedad quedó protegida. Hubo, a la vez, enajenación de tierras por voluntad de sus antiguos poseedores, procediéndose legalmente y bajo vigilancia del Estado; pero ocurrieron inevitables abusos por parte de los dominadores y también por parte de los nativos. Los pagos eran engañosos, hubo apropiación de mayores terrenos que los estipulados y los mestizos de araucanos, por su parte, vendían tierras que no les pertenecían o alegaban que en lugar de vender solo habían entregado en arriendo.
Por otra parte, durante el avance final, diversos caciques cercanos a las fuerzas chilenas cedieron gentilmente terrenos para la erección de fuertes y empastadas naturales para la mantención de las caballadas.
Ese fenómeno tenía viejas raíces, databa desde mediados de la época colonial, cuando algunas tribus se transformaron en "indios amigos" que colaboraban con los invasores para obtener ventajas, animales, alimentos, objetos que llamaban su atención y alcohol. A cambio de ello despejaban los senderos, cavaban fosos, ayudaban a cruzar los ríos y proporcionaban leña y pasto. Llegaron a formar cuerpos auxiliares y casi permanentemente lucharon junto a los invasores en cantidades apreciables, transformándose en enemigos feroces de sus hermanos de sangre. La existencia de esas tribus y sus caciques se explica porque el pueblo araucano carecía de unidad, solía haber disputas sangrientas y el espíritu de venganza se mantenía por largo tiempo o permanentemente.
Desde mediados de los tiempos coloniales, los españoles comenzaron a designar "capitanes de amigos", cabos, sargentos y simples soldados que vivían junto a los caciques, los auxiliaban en la paz y en la guerra y participaban de sus costumbres.
Fueron verdaderas autoridades que los nativos acogían con gran interés y, como el sistema funcionaba tan bien, se pasó a designar un "comisario de naciones" que dirigía esa estructura y se entendía con los caciques. Estos últimos, además, comenzaron a recibir sueldo, eran los "caciques gobernadores" y eventualmente fueron incorporados a la planta del Ejército.
No cabe duda de que los araucanos fueron protagonistas de su propia dominación.
Los parlamentos
En la incorporación gradual a la dominación, la realización de parlamentos con los indígenas tuvo un papel importante. Eran reuniones que el gobierno español creó para mantener la paz y disminuir el gasto que significaba la guerra, cuando las finanzas de la corona no bastaban para mantener su poder en todo el mundo y cuando la riqueza de plata de Potosí comenzó a disminuir notoriamente. A la vez, se procuraba de esa manera reducir a los indios pacíficamente, de acuerdo con los principios del cristianismo.
Los araucanos solían pedir la realización de tales reuniones cuando las armas de españoles o chilenos los tenían en duros aprietos y, perseguidos en sus tierras, debían retirarse a los bosques, las montañas y los terrenos abruptos, abandonando sus rucas, bienes, ganados y cultivos.
A las asambleas acudían parte de los caciques y sus mocetones, y en ellas se ventilaban quejas y se establecían condiciones de paz que generalmente no se cumplían, principalmente por parte de los nativos.
Con el tiempo, sin embargo, los acusados fueron más respetados, facilitaron la convivencia, se reconoció a los caciques gobernadores y estos a las autoridades del Estado español y luego el chileno. Poco a poco, los indígenas iban sometiéndose al orden nacional. Después de las luchas de la Independencia y su desarrollo siniestro al sur del Biobío, tanto entre chilenos como entre los araucanos se sintió la necesidad de buscar la unidad y aunar los esfuerzos comunes. Se fijó al efecto la realización de un parlamento en Tapihue, en 1825, que resultó muy auspicioso.
Los caciques, con un grupo de sus hombres, llegaron corriendo a caballo en torno al campo, gritando "¡Viva la paz, viva la patria, viva la unión!" El cacique Mariluán, a nombre de todos, proclamó la necesidad de constituir una sola familia para vivir en paz y aumentar el comercio. Uno de los artículos señaló que el Estado comprendía desde el despoblado de Atacama hasta los confines de Chiloé y que todos sus habitantes serían tratados como ciudadanos chilenos. Los indígenas quedaban sujetos a las mismas obligaciones de los chilenos y a las leyes que dictase el Congreso.
Desde aquel momento, y pese a vicisitudes en adelante, la gente de la Araucanía quedó sujeta a la ley chilena.
La incorporación definitiva y la acción extensiva del Estado chileno significó para los nativos de la Araucanía y sus descendientes obtener toda clase de ventajas y con poco esfuerzo propio. Se construyeron caminos, puentes, vías férreas, puertos, casi todo financiado por el poder central. La educación básica, media, técnica y universitaria, se desarrollaron paulatinamente. Se crearon organismos administrativos, militares y policiales, hospitales y policlínicos. Las municipalidades ayudaron en el ordenamiento local. Empresarios grandes y pequeños, provenientes de afuera, modificaron técnicamente los trabajos agrícolas y ganaderos, crearon talleres e industrias, y dieron una vinculación sorprendente con la economía chilena y la mundial. Abrieron fuentes de trabajo a masas de hombres que no habían salido de la rutina y del ocio del campo.
No sorprende, en consecuencia, que los descendientes de araucanos se desempeñen en toda clase de oficios, sean empleados fiscales y de empresas privadas, tengan títulos universitarios y desde hace muchos años hayan sido jefes de servicios, parlamentarios y ministros de Estado. Algunos han estudiado en el extranjero y se han sumado a la voz del imperialismo. Otros han llevado su protesta a naciones extranjeras, donde se desconoce totalmente la realidad chilena.
86% vive en ciudades
La opinión vulgar en nuestro país desconoce casi por completo la realidad de los mestizos de araucanos. No saben que el 86% vive en ciudades, principalmente Santiago, Temuco y Concepción. Que solamente el 16%, habla el "mapudungún" (aunque deficientemente), que la inmensa mayoría desconoce sus ritos y tradiciones (Encuesta CEP, 2002). Sin embargo, se desea estimular esa cultura regresiva e ignorar que un número aplastante se declara cristiano, cumple con sus deberes cívicos y son de tendencia moderada.
Políticos y gente de gobierno oportunistas, periodistas necesitados de noticias, antropólogos y etnohistoriadores en busca de fama y necesitados de hacer carrera, han creado una falsa imagen de la Araucanía e impresionan al país.
Por sobre todo, se manejan vulgaridades y se ignoran las numerosas investigaciones publicadas desde hace más de treinta años que señalan una realidad completamente distinta.
La historia real puede ser olvidada.
sábado, diciembre 03, 2016
Michael Moore: El próximo presidente de EEUU será Donald Trump
Michael Moore: El próximo presidente de EEUU será Donald Trump

Texto íntegro publicado por Michael Moore:
Estas son las cinco razones por las que Trump va a ganar:




Ya no habrá más cigarros. Guy Sorman.
Poco después de tomarse el poder en 1959, el dictador cubano Fidel Castro ocupó la vieja estrategia de Vladimir Lenin de conseguir el apoyo de intelectuales "progresistas" en Europa y Estados Unidos. Lenin los llamaba "tontos útiles". Los escritores franceses Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir se convirtieron en los primeros tantos que anotó Castro.
La pareja representaba la clase intelectual en su pureza y perfección: ellos llevaban una vida burguesa en París, posaban como revolucionarios y tenían un registro lamentable en cuanto a predecir el futuro. Durante la II Guerra Mundial, nunca reprobaron públicamente a los nazis y continuaron publicando imperturbables en Francia. Después de la guerra, apoyaron a Stalin, luego a los comunistas de Vietnam del Norte, después a Mao Zedong de China. En 1960, aceptaron la invitación de Castro a La Habana, donde fueron recibidos como si fueran de la realeza. Respondieron con una publicación de las celebraciones de la Revolución Cubana. Al parecer nunca comprendieron que el régimen de Castro era una típica dictadura caudillista latinoamericana, envuelta en un lenguaje marxista para asegurar la protección soviética.
No hay ninguna duda de que Sartre fue útil para Castro, ¿pero era realmente un tonto? ¿Es posible que el gran escritor no viera ni entendiera nada en sus viajes a La Habana, Moscú y Beijing? Es muy probable que viera y entendiera todo, pero consideraba conveniente asegurar que no. En la década de 1950, informado completamente de la existencia del gulag soviético y presionado por los disidentes rusos para que denunciara los campos de prisioneros, Sartre mantuvo serenamente la boca cerrada, con el fin "de no empujar a Billancourt hacia la desesperanza", como él dijo. Billancourt era en esa época el suburbio parisino considerado una "fortaleza de la clase trabajadora", donde 30 mil obreros fabricaban automóviles Renault. ¿Sartre realmente creía en una revolución universal del proletariado llevada a cabo por Stalin, Castro y Mao? Esta creencia declarada en una liberación colectiva no tiene coherencia con la filosofía profundamente individualista de sus escritos.
Yo conocí a Sartre un poco personalmente en la década de 1970. Yo también hice el peregrinaje a La Habana, a Moscú y a Beijing (aunque yo fui con el fin de denunciar a los dictadores). Siempre me pareció que Sartre se colocaba por sobre la revolución; y por sobre la humanidad en general. Era maquiavélico: creía en una moral para las élites y en otra para el pueblo. Castro entendía que la vanidad movía a Sartre. El dictador colmó al intelectual de honores y le concedió horas de audiencia personal. Sartre era rico; no necesitaba que lo compraran, pero su corrupción moral era ilimitada.
Además del caso de Sartre, el que, sin duda, proporciona un arquetipo de idiotez intelectual, una mayoría de aquellos que han rendido culto a los dictadores ha obtenido la recompensa que buscaba: el reconocimiento que no podían encontrar en sus propios países. Después de Sartre vino una serie de intelectuales del Este y del Oeste. Susan Sontag lideró el camino por Estados Unidos. Los intelectuales de izquierda siempre han codiciado el poder. Por esta razón, detestan el materialismo, el capitalismo y a Estados Unidos. La democracia no otorga poder a los filósofos.
En Cuba , Castro hizo que los tontos creyeran que su revolución ponía a la cultura, la educación y la salud por sobre los valores materiales; exactamente lo que Sartre y compañía querían escuchar. Hasta hace poco, a los que visitaban La Habana les mostraban un hospital, una escuela y una librería. Yo mismo tuve el privilegio de visitar estas aldeas Potemkin. El hospital era un elaborado espectáculo reservado para los líderes del país. La librería estaba dedicada a las obras de Castro. La escuela no hacía nada para mejorar los niveles educacionales de los cubanos, los que, antes de la revolución, eran los más altos de Latinoamérica.
A Sartre no podía haberle interesado menos esta realidad. Creía lo que veía y escuchaba, o quería creer lo que veía y escuchaba, lo cual se reduce a la misma cosa. El intelectual francés no era un humanista. La condición de humanidad aquí y ahora no le interesaba en absoluto. Lo que le agradaba -y todavía le agrada a otros Sartre- es la estética de la revolución. Para los intelectuales, las revoluciones son corridas de toros a una escala nacional. Naturalmente, las revoluciones deberían ser exóticas, coloridas e incluso cruentas. Sartre adoraba los desfiles masivos de los cubanos con banderas, canciones y discursos, del mismo modo en que algunos intelectuales franceses de la década de 1930 estaban fascinados con las manifestaciones "viriles" del nazismo y, en la década de 1960, con la Revolución Cultural China con su sangre y ceremonia.
Se debería recordar que Castro reclutó a tontos de derecha como también de izquierda. Al aprovechar el nacionalismo y el sentimiento antiestadounidense de los europeos, convenció a más de uno de que hiciera el peregrinaje a La Habana. A todos se les ofrecían cigarros y a veces un poco más. Y cada año, para Navidad, los tontos de todo el mundo recibían una caja de cigarros acompañada de una nota del dictador. Ya no habrá más cigarros. De ahí la tristeza que la muerte de Fidel Castro ha producido entre los tontos en todos lados.
Guy Sorman es economista y filósofo francés, y autor de una decena de libros.
Los intelectuales de izquierda siempre han codiciado el poder. Por esta razón detestan el materialismo, el capitalismo y a Estados Unidos. La democracia no otorga poder a los filósofos.
