Columnistas
Domingo 18 de octubre de 2026
Qué se siente ser visita cuando juegas de local
Marcela Cubillos: ''A siete años del estallido es tentador recordar solo la promoción y validación de la violencia por parte de la izquierda para imponer su agenda. Pero urge mirar, como sector, lo que ocurre cuando se abandona al propio gobierno''.
Cualquiera que haya ido al estadio conoce este cántico. Lo entona la hinchada visitante cuando, estando en problemas el equipo local, su barra está muda, acomplejada, con miedo, mirando con distancia el partido. Incluso abandona el estadio antes del pitazo final.
La versión política de ese coro podría ser la frase de Bachelet: “Cuando la izquierda sale a la calle, la derecha tiembla”. Es decir, una hinchada aplasta a la otra, que aun estando en el poder (tiene la localía) empieza a abandonar prematuramente el partido.
A siete años del estallido es tentador recordar solo la promoción y validación de la violencia por parte de la izquierda para imponer su agenda. Pero urge mirar, como sector, lo que ocurre cuando se abandona al propio gobierno.
La izquierda nunca dejó de apoyar a Gabriel Boric a pesar de sus graves errores y de los problemas que enfrentaba. No fue sorpresa. Aún resuena esa frase levantada durante la Unidad Popular: “Este Gobierno puede ser una mierda, pero es el mío”. Nadie dice que el de Boric lo haya sido. Pero casi. Solo sirve para recordar que a la izquierda poco le importa lo que hagan sus gobiernos: son suyos. Punto.
En cambio, al frente opera una lógica completamente diferente. A Sebastián Piñera se le dejó prácticamente solo en el momento de mayor fragilidad. Cuando estaba bajo ataque, en medio de una revolución violenta, su apoyo se desplomó al 6%.
Con el metro en llamas, ciudades sitiadas por violentistas entrenados y organizados, y la democracia bajo amenaza, el presidente Piñera jugó de local en una cancha abandonada. La mayoría de los que lo habían elegido miraban desde la tribuna. Algunos dirigentes que habían celebrado su victoria eligieron levantar agendas paralelas. Hubo incluso parlamentarios que, en pleno incendio, votaban contra su propio gobierno.
La izquierda entiende que cuando gobierna uno de los suyos es el sector entero el que está en el poder. Ven los errores, pero primero está la identificación y luego la crítica. La derecha, en cambio, elige matizar: es mío, pero no tan mío.
El problema es aún más grave porque cuando un gobierno de derecha queda solo, es el orden democrático el que se pone en riesgo. Al frente hay un sector que estará siempre dispuesto a intentar recuperar por la fuerza lo que perdió en las urnas. Un Presidente con bajo apoyo le transmite a la izquierda que desde la calle el Estado de Derecho se puede quebrantar, porque pocos saldrán a defenderlo. Lo que se debilitó esas semanas no fue solo el gobierno de Piñera, sino la capacidad para defender su legitimidad. Basta recordar la acusación constitucional con la que se le quiso destituir.
¿Se podían tener críticas a su gestión? Obvio que sí. Algunos no estaban de acuerdo con la forma en que el gobierno estaba enfrentando la violencia o con la salida que eligió para el conflicto. Otros salieron a empatizar con el relato que la izquierda instaló para su revolución de octubre. Con la perspectiva que dan los años, todos esos cuestionamientos pudieron ser válidos, pero lo prudente era guardarlos para cuando cesara el ataque.
Ante la violencia, la izquierda fue una sola. La promovió, la validó, la celebró. Y la derecha se dividió.
El gobierno del Presidente Kast asumió con la lección aprendida. Eligió sumar a todos desde el primer día, y los partidos, con los aprendizajes que da la historia, decidieron integrarse. Es decir, un amplio espectro hizo suyo este gobierno. Ahora toca evitar usar cada error como excusa para tomar distancia. Es difícil, porque criticar sale gratis; defender tiene costos. Por eso la tentación permanente de ser ese derechista crítico, alabado por la izquierda y ungido por ellos como la única voz razonable del sector.
A siete años de ese 18 de octubre, la izquierda no ha cambiado. La que domina el sector es la que defiende la violencia como forma de acción política. Y el socialismo, que se rindió ante ella, corrió a abrazarse a Boric a la misma velocidad que lo hizo Bachelet con Fidel Castro. Pero la derecha, en su mayoría, sí se percibe diferente y urge cuidar lo aprendido. Porque antes de volver a dejar solo al propio gobierno conviene pensarlo mejor. La frase de Bachelet duele porque en algunos momentos de nuestra historia pudo haber sido cierta, pero ya no. La derecha no tiembla cuando la izquierda sale a la calle. Sostiene, defiende y grita a plena voz sus convicciones. Puede tener críticas a su gobierno, pero es suyo. Lección aprendida.




